sábado, 19 de julio de 2008

Yavi Chico







Humberto Mamani, arqueólogo jujeño, acaba de mandarme estas imágenes del Museo. Trato de recordar la breve estadía allí... los gestos de los pobladores... la fuerza salida desde la piedra y el viento.
No olvido la pregunta de alguien que estaba conmigo mientras yo miraba asombrada el paisaje: -¿Usted viviría aquí?
Y mi respuesta inmediata: -Un tiempo... hasta...
Y el silencio que me vino como un rayo. Y me partió al medio con preguntas viejas.
La respuesta mediata aún no la sé. Sigo admirando esa fuerza. Aquí está Yavi Chico...

domingo, 13 de julio de 2008

viernes, 11 de julio de 2008


Antigua I

Las mujeres antiguas tienen un surco que les atraviesa el cuerpo, por donde resbalan los sueños. Los sueños propios y los ajenos, los prohibidos y los no tanto, con visiones encantadas o pesadillas truculentas. Sueños actuales o de otra época, unos de aquí o de más allá. Muchos sueños, demasiados sueños para un solo cuerpo.
Por eso, a pájaro de vuelo, de un vistazo nomás se las puede ver tropezando en la calle.
Si uno acerca el ojo, las puede ver mirando el cielo, aunque el tiempo las eternice buscando las estrellas para orientarse.
Las mujeres antiguas se pierden fácilmente. A veces están en ninguna parte. Y el espacio de los sueños las confunde.
Tienen en la cara el asombro.
Tienen en las manos la caricia.
Tienen en la boca el verbo.
De hierro y de seda caminan,
sostenidas por la rama de un amor
o lanzadas sobre una espera.

Antiguas, Graciela Vega

martes, 8 de julio de 2008

PEREGRINAS


Comenzar por el final. No, no creo que este sea el final. Tal vez sólo sea el inicio de un final. Sabiendo que desde un punto siempre empieza otro del que nadie sabe nada. La hoja en blanco de la vida. De la misma manera en la que ahora mi mano se pone a escribir esta historia, hace mucho tiempo nuestros pies se pusieron en marcha. Nos largamos como peregrinas sin conocer más que el nombre del sitio al que queríamos ir. Ahora, en esta habitación que huele a madera añosa, saco mis papeles de viaje. Solo falta que los vaya ordenando en el relato.
No sabíamos entonces de la existencia de otras como nosotras. Otras peregrinas. Cada una iba por su propia cuenta. Nos había surgido la idea del viaje después de escuchar el relato de Matilde en el noticiero del mediodía. La historia no era breve pero la presentaron rápidamente. Era el testimonio de una mujer que había caminado hasta Corrientes para casarse en la iglesia de Mburucuyá, en señal de agradecimiento al Patrono del pueblo: San Antonio. Mucho después supimos quién era Matilde y por qué había caminado tantos kilómetros, surcando el miedo y la ignorancia por un camino sin mapas. Nada más lejano a lo que habíamos escuchado en la televisión.
Recuerdo que, mientras sacaba las milanesas del horno, me había preguntado “¿y por qué no voy?”. Sabía que caminando no iba a llegar y ni siquiera me atreví a planearlo. Pero si allí había sucedido el milagro, yo quería ir a husmear, confrontar mi materia humana con una sola evidencia celeste. Una sola tenía que bastar para transformarme en una peregrina.
Peregrinas, de Graciela Vega

domingo, 6 de julio de 2008

Hubo un paso...


El misterio inicial latente en cualquier viaje es: ¿cómo llegó el viajero a su punto de partida? ¿Cómo llegué a la ventana, a las paredes, a la estufa, al cuarto mismo? ¿Cómo es que estoy bajo este techo y sobre este piso? La respuesta sólo puede ser conjetural, sujeta a argumentaciones a favor y en contra, materia para la investigación, las hipótesis, la dialéctica. Me es difícil recordar cómo fue. A diferencia de Livingstone cuando se adentraba en lo más remoto del África, yo no tengo mapas a mano, ni un globo de las esferas terrestre o celeste, ni un plano de montes y lagos, ni sextante ni horizonte artificial. Si alguna vez tuve brújula, hace mucho que la perdí. Empero, tiene que haber alguna razón que dé cuenta de mi presencia aquí. Hubo un paso que me colocó en dirección a este punto y no a cualquier otro del planeta. Debo pensarlo. Debo descubrirlo.

Louise Bogan, Viaje alrededor de mi cuarto.

Sierras de la Vida

La Puelcheana

Por Graciela Vega


Al pie de la sierra más alta de Lihué Calel, debajo del alero de piedra, Puelcheana y Kurá guardaban las mantas de piel de guanaco y una pila de leña. El hombre salía a cazar animales. La mujer recolectaba semillas. Sobre la roca habían dibujado sus nombres con ceniza y raíces. Por las tardes les gustaba subir a la montaña, haciendo equilibrio entre las piedras. Saltaban esquivando las espinas. Se desafiaban para ver quién de los dos llegaba primero a la cima. Siempre ganaba Puelcheana que conocía los atajos y las huellas de los animales como nadie. Arriba, mientras esperaba a su marido, se sentaba a mirar la inmensidad.
Ese día de agosto, Puelcheana se refregó las manos para entibiarlas y las miró. Ásperas y pequeñas. Como el desierto. Las grietas de la piel mostraban el relieve de las venas azules que se afinaban, engrosaban y desaparecían. Levantó la cabeza y buscó a Kurá. Cielo y sal por todos lados, solo las sierras protegían del viento y ofrecían un poco de agua para beber .
Esta vez algo le oprimió el pecho. Se estremeció y buscó abrigo en el viento. El paisaje desolado de las sierras pampeanas se dibujaba hacia abajo. La sal, extendida como un manto sin límite. Siendo niña la había llevado por primera vez a su boca. Y la sed volvió a su memoria. Amaba ese lugar en donde había nacido y era feliz. Solo que a veces, cuando rugía el volcán, ella y Kurá pensaban en partir hacia el llano. Pero Puelcheana no estaba convencida, no podía imaginar una vida fuera de las sierras.
Ella apretó su cabeza entre las rodillas y así, acurrucada, sintió los latidos de su corazón. Respiró profundo y levantó la cabeza. Por el desfiladero, allá abajo, venía Kurá. Lo vio subir y empezó a bajar a escondidas para sorprenderlo. De pronto percibió el temblor de la montaña. El susto le había contraído el pie izquierdo. Como a uno de esos flamencos que había visto en la laguna del salitral. Atenta estaba. Oyó la voz del volcán a lo lejos. Hubiese querido estar en el refugio con Kurá, entibiándose junto a su cuerpo. Bajó el pie izquierdo y la montaña tembló nuevamente. El volcán no callaba. Puelcheana se puso de cuclillas y se abrazó. De repente se puso de pie y gritó. Después corrió, saltó de roca en roca, arañando su cuerpo al tropezar. Cayó. Se levantó una y otra vez. Kurá la llamaba para bajar y huir. Le gritó:
- Puelcheanaaaa...
Entonces la montaña se partió. Kurá cayó a un costado de la grieta.
- Puelcheanaaaa…
Ella se paró sobre una piedra grande y se mantuvo firme.
Un nuevo temblor. Ella se balanceó sobre la piedra. La grieta se hacía profunda. Ella quedó de un lado; él del otro. Puelcheana lloraba ahora. El cuerpo no le respondía. Saltar o quedarse. No tuvo tiempo para pensar y su corazón decidió. Si sus pies hubiesen huido antes de que bajara la lava… de que se profundizara la grieta...
Kurá, su compañero... pero el deseo de permanecer fue más fuerte.
Primero fueron los brazos los que se extendieron y se fueron afinando hasta terminar en dos puños, de los que brotaron espinas. Le siguieron los pies que se hicieron raíces y se hundieron en las uniones de las piedras. Pronto todo el cuerpo se alargó y se puso verde cubierto de blancas y filosas agujas. Y del pecho brotaron flores, las primeras flores del cactus que acababa de nacer.
…………………………

El cactus llamado Puelcheana solo crece en estas sierras. Los paisanos suelen llamarla también “Traicionera” porque, bajo el aspecto inofensivo de sus flores anaranjadas, las espinas asoman como dientes. Si alguien la toca ella teme que la saquen de su lugar. Entonces las usa para lastimar al osado, abriéndose en su carne y desgarrándolo sin compasión.