(Para Gloria Flamenca)
De tanto en tanto, las mujeres antiguas también pelean. Aunque no saben rabiar a gritos, ni patear el pecho del oponente para derribarlo con aires de victoria. Pero pelean. Y el adversario queda desarmado por la sorpresa, la duda, o el encantamiento. Porque ellas surcan el abismo por un cañadón, toman la distancia exacta para estar cerca y al alcance de los sentidos del enemigo. Oyen el viento. Respiran profundo. Se rodean el cuerpo con sus propios brazos y se conectan con la memoria visceral. Abren los ojos salvajes como cuevas negras y, sin mover los labios, exhalan un canto que golpea las piedras. Brutal audible llanto.
El enemigo quiere responder y se arma de puños, de gritos y de palabras.
Da un paso y tambalea.
El eco en el cañadón lo encierra y lo derriba.
Porque no puede
ni sabe
ni tolera dominar.
Del libro Antiguas, de Graciela Vega
martes, 5 de agosto de 2008
sábado, 19 de julio de 2008
La Princesa Viajera, de Silvana Benaghi
Yavi Chico


Humberto Mamani, arqueólogo jujeño, acaba de mandarme estas imágenes del Museo. Trato de recordar la breve estadía allí... los gestos de los pobladores... la fuerza salida desde la piedra y el viento.
No olvido la pregunta de alguien que estaba conmigo mientras yo miraba asombrada el paisaje: -¿Usted viviría aquí?
Y mi respuesta inmediata: -Un tiempo... hasta...
No olvido la pregunta de alguien que estaba conmigo mientras yo miraba asombrada el paisaje: -¿Usted viviría aquí?
Y mi respuesta inmediata: -Un tiempo... hasta...
Y el silencio que me vino como un rayo. Y me partió al medio con preguntas viejas.
La respuesta mediata aún no la sé. Sigo admirando esa fuerza. Aquí está Yavi Chico...
La respuesta mediata aún no la sé. Sigo admirando esa fuerza. Aquí está Yavi Chico...
domingo, 13 de julio de 2008
viernes, 11 de julio de 2008
Antigua I
Las mujeres antiguas tienen un surco que les atraviesa el cuerpo, por donde resbalan los sueños. Los sueños propios y los ajenos, los prohibidos y los no tanto, con visiones encantadas o pesadillas truculentas. Sueños actuales o de otra época, unos de aquí o de más allá. Muchos sueños, demasiados sueños para un solo cuerpo.
Por eso, a pájaro de vuelo, de un vistazo nomás se las puede ver tropezando en la calle.
Si uno acerca el ojo, las puede ver mirando el cielo, aunque el tiempo las eternice buscando las estrellas para orientarse.
Las mujeres antiguas se pierden fácilmente. A veces están en ninguna parte. Y el espacio de los sueños las confunde.
Tienen en la cara el asombro.
Tienen en las manos la caricia.
Tienen en la boca el verbo.
De hierro y de seda caminan,
sostenidas por la rama de un amor
o lanzadas sobre una espera.
Antiguas, Graciela Vega
Las mujeres antiguas tienen un surco que les atraviesa el cuerpo, por donde resbalan los sueños. Los sueños propios y los ajenos, los prohibidos y los no tanto, con visiones encantadas o pesadillas truculentas. Sueños actuales o de otra época, unos de aquí o de más allá. Muchos sueños, demasiados sueños para un solo cuerpo.
Por eso, a pájaro de vuelo, de un vistazo nomás se las puede ver tropezando en la calle.
Si uno acerca el ojo, las puede ver mirando el cielo, aunque el tiempo las eternice buscando las estrellas para orientarse.
Las mujeres antiguas se pierden fácilmente. A veces están en ninguna parte. Y el espacio de los sueños las confunde.
Tienen en la cara el asombro.
Tienen en las manos la caricia.
Tienen en la boca el verbo.
De hierro y de seda caminan,
sostenidas por la rama de un amor
o lanzadas sobre una espera.
Antiguas, Graciela Vega
martes, 8 de julio de 2008
PEREGRINAS

Comenzar por el final. No, no creo que este sea el final. Tal vez sólo sea el inicio de un final. Sabiendo que desde un punto siempre empieza otro del que nadie sabe nada. La hoja en blanco de la vida. De la misma manera en la que ahora mi mano se pone a escribir esta historia, hace mucho tiempo nuestros pies se pusieron en marcha. Nos largamos como peregrinas sin conocer más que el nombre del sitio al que queríamos ir. Ahora, en esta habitación que huele a madera añosa, saco mis papeles de viaje. Solo falta que los vaya ordenando en el relato.
No sabíamos entonces de la existencia de otras como nosotras. Otras peregrinas. Cada una iba por su propia cuenta. Nos había surgido la idea del viaje después de escuchar el relato de Matilde en el noticiero del mediodía. La historia no era breve pero la presentaron rápidamente. Era el testimonio de una mujer que había caminado hasta Corrientes para casarse en la iglesia de Mburucuyá, en señal de agradecimiento al Patrono del pueblo: San Antonio. Mucho después supimos quién era Matilde y por qué había caminado tantos kilómetros, surcando el miedo y la ignorancia por un camino sin mapas. Nada más lejano a lo que habíamos escuchado en la televisión.
Recuerdo que, mientras sacaba las milanesas del horno, me había preguntado “¿y por qué no voy?”. Sabía que caminando no iba a llegar y ni siquiera me atreví a planearlo. Pero si allí había sucedido el milagro, yo quería ir a husmear, confrontar mi materia humana con una sola evidencia celeste. Una sola tenía que bastar para transformarme en una peregrina.
No sabíamos entonces de la existencia de otras como nosotras. Otras peregrinas. Cada una iba por su propia cuenta. Nos había surgido la idea del viaje después de escuchar el relato de Matilde en el noticiero del mediodía. La historia no era breve pero la presentaron rápidamente. Era el testimonio de una mujer que había caminado hasta Corrientes para casarse en la iglesia de Mburucuyá, en señal de agradecimiento al Patrono del pueblo: San Antonio. Mucho después supimos quién era Matilde y por qué había caminado tantos kilómetros, surcando el miedo y la ignorancia por un camino sin mapas. Nada más lejano a lo que habíamos escuchado en la televisión.
Recuerdo que, mientras sacaba las milanesas del horno, me había preguntado “¿y por qué no voy?”. Sabía que caminando no iba a llegar y ni siquiera me atreví a planearlo. Pero si allí había sucedido el milagro, yo quería ir a husmear, confrontar mi materia humana con una sola evidencia celeste. Una sola tenía que bastar para transformarme en una peregrina.
Peregrinas, de Graciela Vega
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